El teatro en mi vida

En el colegio siempre fui uno de los niños que se sentaban siempre detrás, en la última fila, excepto cuando nos asignaban pupitres, con una expresión tan seria que, incluso en el instituto donde estudié la secundaria, algunos profesores me llegaron a decir que les intimidaba mi mirada. El niño y el adolescente que yo era no tenía, en absoluto, la intención de intimidar a nadie. Más bien era un niño muy asustado, inseguro, reconcentrado, abrumado muchas veces por la sensación de no sentirse de este mundo y por una especie de nostalgia de un mundo diferente, calmo y armónico. Era un niño metido en el refugio de su mundo interior para atravesar cada día de la mejor manera posible. Llegaba, incluso, a enfadarme con los profesores cuando me pedían, o peor aún, me exigían, que participara en clase respondiendo preguntas o haciendo ejercicios en la pizarra, por ejemplo. Los mecanismos de defensa que había desarrollado para sobrevivir emocional y psicológicamente en el entorno familiar eran internamente extremos, aunque no fueran externamente aparatosos.

Sola en el bosque.jpg

Allí, en el colegio, empecé a hacer teatro a los 12 años. La profesora de Historia decidió que estudiáramos la Edad Media viviéndola desde dentro, a través de una obra de teatro escrita por nosotros, sobre una investigación previa hecha por nosotros también. Yo estuve en el equipo de cinco redactores de la obra. Aquella fue la primera vez que, de verdad, escribí para “inventar” algo. Ese mismo año empecé a escribir en un diario, y no he dejado de escribir desde entonces. Me tocó ambién interpretar un papel, el del rey, que no tenía nada que ver con mi forma de estar en el mundo entonces. Muchos años más tarde, durante la profunda crisis que supuso el comienzo de mi despertar espiritual, conecté con el arquetipo interno del rey y me ayudó mucho a disolver algunos bloqueos en mi autoestima, asertividad y creatividad.

Durante varias semanas, las clases se convirtieron en sesiones de ensayo dedicadas a trabajar el texto, la dicción, la expresión corporal, la escenografía, todo ello sobre el trasfondo de la información sobre la vida de la época, hasta donde pudimos llegar a informarnos sobre ella. Durante ese tiempo, me encantó ir al colegio. Esperaba con ansia la hora de Sociales, que se había convertido ya en la hora de teatro lo cual, para mí, significaba la hora en la que encontraba la forma de expresarme desde dentro, sin miedos, olvidándome de todo lo que formaba parte de mi vida cotidiana pero, al mismo tiempo, reelaborándolo lentamente, insconscientemente.

Representamos la obra en clase, solo para nosotros mismos (como hacemos con las escenas ahora en nuestros talleres de teatro terapéutico) pero, en vista de la experiencia, la profesora de Castellano nos propuso empezar a hacer teatro regularmente, empezando por preparar una obra para final de curso. Empezamos con El médico a palos, de Molière. El mismo día que hicimos la primera prueba, se acercó y me dijo: “No pareces tú. Lo haces muy bien, y te iría muy bien si siguieras haciendo esto”. Por primera vez sentí que alguien allí “me veía” por dentro o, al menos, me intuía lo suficiente como para darse cuenta de que, tal vez, lo que veían cada día de mí era una máscara oprimente. Todos llevamos una máscara puesta desde pequeños. La vamos creando precisamente para salvaguardarnos de las consecuencias desagradables de mostrar partes de nosotros que no son bien recibidas por nuestro entorno. Luego, con el paso de los años, vamos añadiendo capas a la máscara, o máscaras nuevas a nuestro repertorio, pero el niño herido sigue ahí, detrás de ellas, en nuestro interior, esperando que un día volvamos a verle y le ayudemos a sanar sus heridas. En cualquier caso, llega un día en que nuestras máscaras ya no nos hacen falta porque aquello para lo que las creamos ya no está y, en lugar de protegernos y ayudarnos a salir adelante, nos aprisionan y se convierten en un obstáculo para nuestra expansión interior, para nuestro desarrollo integral. El teatro nos puede ayudar inmensamente en esta tarea, entre otras cosas, porque cuando estamos metidos en él todo el esfuerzo que hacemos a diario para sostener nuestras máscaras está concentrado en la vivencia interna que el teatro nos propone. No necesito leerlo para saberlo. Lo sé porque lo he vivido.

maxresdefault.jpg

Después de aquella primera obra de Molière, vinieron otras, cada vez con más frecuencia, y llegamos a formar un grupo de teatro en el que estuve casi diez años. Aquellas primeras experiencias con el teatro abrieron una grieta clarísima en el muro tras el cual el niño y el adolescente asustado que yo era se escondía. Muchos años más tarde, cuando conocí el concepto de personas PAS (Personas Altamente Sensibles), creado por Elaine N. Aron, y cuando me formé en psicología junguiana y en MBTI (Myers-Briggs Type Indicator), descubrí el significado profundo de la introversión y extraversión, y muchas cosas de mi niñez y adolescencia empezaron a tener, de repente, mucho sentido. Pero hasta entonces, viví algunos rasgos de mi personalidad de forma angustiosa muchas veces, en medio de una gran sensación de soledad.

Cuando estaba terminando la carrera, me apunté a varios cursos y talleres de teatro, y formé parte, durante unos meses, de otro grupo, en Barcelona. Estaba estudiando los últimos años de Filología y me hacía mucha ilusión la idea de formarme en el Institut del Teatre. Por diversas razones, no pude ni siquiera intentarlo, así que seguí con la Filología, empecé Sociología, y seguí adelante para empezar a trabajar como educador. Empezaron entonces unos años en los que estuve bastante desconectado del teatro desde dentro, aunque nunca del todo. Recurría a él con frecuencia en mis clases de literatura, acudía de vez en cuando a algún curso de formación y, eso sí, veía tanto teatro como podía. Además, estaba seguro de que, de una forma u otra, volvería a traerlo a mi vida, como así fue cuando me fui a vivir a Estados Unidos.

Los años en los que había estado haciendo teatro fueron, en parte, liberadores para mí. El adolescente “teatrero” empezó a romper, conscientemente, con el control que mi madre ejercía sobre mí y que nos tenía encadenados el uno al otro desde su subconsciente y el mío. No solo descubrí rincones insospechados dentro de mí, me expandí por dentro y encontré formas de abrirme al mundo con menos miedo, sino que también descubrí la vivencia de algo que, desde muy pequeño, había anhelado sentir: conexión más allá de nuestras identidades, colaboración, trabajo en equipo, propósito común, todas ellas vivencias que me emocionaban muy profundamente, de una forma que no podía explicar desde la lógica. Y, al mismo tiempo, en el teatro encontré contextos grupales diferentes en los que pude empezar a vivir más activa y conscientemente mis dificultades con las relaciones grupales. Más tarde, en mi trabajo como educador, encontré otra vía de acceso a esas vivencias y otras muchas para mis estudiantes y compañeros de trabajo, a través del Aprendizaje Basado en Proyectos, en el que me especialicé como educador y formador para otros educadores. Después, en el Desarrollo Organizacional basado, sobre todo, en las corrientes de psicología humanista, gestalt y transpersonal, que fue la formación a la que tuve la suerte de acceder cuando vivía en Washington, DC. Aunque entonces todavía no me daba cuenta, estaba, de hecho, siguiendo un mismo hilo interior.

Página Teatro 1.jpg

En Estados Unidos fue donde reconecté con el teatro. En San Diego, donde viví los primeros cinco años, formé un pequeño grupo. En buena parte, el principal motor de aquella iniciativa fue una cierta nostalgia, y el grupo duró poco tiempo. Cinco años después, en Washington, estudié en Classika Theatre y en talleres ofrecidos por una instructora formada en el Actor’s Studio de New York. Allí fue también donde descubrí el teatro de marionetas, el teatro de objetos y el teatro aplicado, especialmente el teatro terapéutico. Nunca olvidaré las sensaciones que experimenté la primera vez que trabajé con una marioneta. Nunca había imaginado ni intuido todo lo que se puede llegar a expresar a través de, y en conexión con, una de ellas. Hasta entonces, el teatro había sido para mí algo inevitablemente ligado a la expresión del mundo interior del personaje desde el mundo interior del actor a través de la palabra, el silencio y el propio cuerpo; pero hay algo muy especial y profundo cuando la vía de expresión es una marioneta. Algo mágico sucedió allí, y muy pronto la directora de la escuela me propuso entrar a formar parte de su compañía de teatro de marionetas. Luego, como parte del programa del máster en Desarrollo Organizacional que hice en American University/NTL, pude formarme en psicodrama y el uso terapéutico del teatro desde la Gestalt. Ese fue, además, un proceso de aprendizaje completamente entrelazado con el desarrollo de la mayor crisis interior que he vivido hasta ahora, esa crisis de mi despertar que antes mencioné.

Entre las cosas que me llenan la vida por dentro, me abren más y más las puertas de mi auto-conocimiento, me ayudan a expandir mi consciencia, me conectan con mi Ser, están, siempre han estado, estas: aprender con una curiosidad inacabable, especialmente sobre lo que hay dentro y más allá de todos nosotros; compartir lo aprendido con alegría y de corazón; escribir; y el trabajo con grupos cuyos miembros caminan juntos y, a la vez, cada cual a su ritmo, hacia una expansión de su consciencia y una mayor interconexión, profunda y duradera. El estudio de mi carta natal, con mi Sol, Mercurio, Neptuno y Marte en Escorpio en la Casa III, y Cáncer en la Casa XI, me ayudó a ver con más claridad y con asumir todo esto con un sentido mucho más profundo.

Junto a eso, todo lo que me ha aportado estar en contacto con los personajes que viven dentro de mí y las historias que entretejen sin cesar y, así, trabajar intensamente con mis yoes internos, con los arquetipos colectivos que todos llevamos dentro, con esos otros yoes que podía haber sido y pude representar, con algunas fantasías que dejaron de serlo porque pude también representarlas, con algunos traumas que pude re-encuadrar porque también pude representarlos o verlos representados por otros. Hasta hace unos años, cuando volví de Estados Unidos, todo esto es lo que menos había compartido de la misma forma en que se activó y reactivó en mí en buena parte, el teatro, y hace un tiempo ya llegó la hora de compartir con otros también desde el teatro todo lo aprendido, y todo lo que sigo aprendiendo, desde la vida, desde la práctica, desde talleres, cursos y lecturas y, especialmente, desde el contacto con mi Ser.

El teatro, en sí mismo, es terapéutico. Cuando, además, se le pone intencionalmente al servicio del bienestar interior y la sanación de las personas que lo practican, su efecto se multiplica. Además, resulta una experiencia marcada también por la solidaridad y la generosidad de las personas participantes, que se ofrecen a sí mismas y a las otras lo mejor que tienen: su mundo interior, empezando por eso que tanto miedo les da mostrar y compartir en el transcurso de la vida cotidiana: su vulnerabilidad. Sin embargo, cuando lo hacen y se re-encuentran con otros que se abren a ellos también desde ese mismo lugar, empieza cada cual a re-conocerse y, todos juntos, a reconocerse como seres inspirados por el amor.

Free-Shipping-Fashion-Bedroom-Decor-Abstract-painting-Wallpaper-Custom-Poster-Well-Design-Romer-Britto-Heart-Wall.jpg

 

BIENVENIDO/A A NUESTRO BLOG

Somos Josep y Carol, somos pareja y co-fundadores de

Sobre el autor de este artículo:



Terapia transpersonal


Tienda digital


©Re-conócete