Cómo la meditación nos puede ayudar a escuchar mejor (2)

Al final del primer artículo de esta serie de tres, decía que desarrollar la consciencia de no ser lo que pensamos, lo que pasa por nuestra mente, y la actitud de no darle importancia porque nada de eso es lo que somos, se pueden convertir en hábitos y parte de nuestra forma de estar en el mundo en cualquier momento y situación comunicativa. Una de esas situaciones de comunicación es, precisamente, la interacción entre dos personas, partiendo de la base de que el hecho de que haya interacción no significa que haya, efectivamente, comunicación. Me gustaría explicar brevemente cómo desarrollar el hábito de dejar de identificarnos con nuestra mente nos ayuda a estar plenamente presentes en una conversación, y con toda nuestra atención puesta en lo que la otra persona comparte con nosotros.

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Interactuar con otra persona no significa necesariamente que estemos comunicándonos. Quizá se podría decir también que hablar con alguien y conversar son dos cosas diferentes, especialmente cuando hablar con alguien se convierte, sobre todo, o solamente, en hablar a alguien y que ese alguien nos hable a nosotros, por turnos, y sin que la escucha plenamente presente acompañe a lo que se va diciendo. Esto pasa con muchísima frecuencia. En todas partes. Creo que cada día más. Para mí, es resultado de la enorme presión de una sociedad que hemos construido entre todos, tanto quienes se identifican plenamente con ella, como quienes no, porque todo es obra de todos. Esa presión que entre todos hemos creado  nos lleva a estar cada vez más desconectados de nuestro mundo interior y de otras personas, de nuestra conciencia de seres espirituales, de lo invisible que hay dentro de todos nosotros. Nos lleva a sentirnos cada vez más aislados. El aislamiento, la desconexión, empieza dentro de cada persona y, desde ahí, se expande hacia su mundo exterior, que le ofrece un reflejo de lo que tiene dentro en cada momento. 

Es desde ese aislamiento, desde esa desconexión, desde esa soledad, desde donde participamos en muchas de las conversaciones en las que estamos, en nuestra vida diaria, con personas que conocemos, con personas desconocidas, en casa, en el trabajo, con amigos.

Entre todas las conversaciones en las que podemos participar o que podemos llegar a escuchar, creo que no es difícil encontrar un buen número de ellas que, en realidad, no son conversaciones, sino monólogos alternos. Si estamos atentos, nos daremos cuenta de que, cuando estamos en una de ellas, o cuando la oímos, algo reacciona en algún lugar de nosotros y nos avisa de que, de verdad, no estamos cómodos.

La próxima vez que escuches una interacción así en la que no estés participando, intenta prestar atención a cómo te sientes mientras la escuchas, mientras observas lo que verdaderamente ocurre mientras las dos personas que están en ella hablan. Podrías preguntarte, por ejemplo:

  • ¿Cómo me siento mientras les escucho?
  • ¿Noto alguna sensación en mi cuerpo que no notaba antes de oír esta conversación? ¿Cómo es esa sensación?
  • ¿Qué sensación me produce la forma en que interactúan estas personas?
  • Si no me gusta, o me incomoda, ¿cómo me gustaría que fuera? ¿qué hecho en falta?
  • ¿He estado yo, alguna vez, en una interacción así?

Como participantes, creo que es muy útil intentar prestar atención a lo siguiente en cualquiera de las conversaciones en las que participemos:

  • ¿Con qué frecuencia me encuentro esperando a que la otra persona termine de hablar para poder decir lo que ya tengo en mente?
  • ¿Con qué frecuencia noto que la otra persona está esperando a que yo termine de hablar para poder decir lo que ya tiene en mente?
  • ¿Cómo me siento sobre esto?
  • ¿Noto alguna sensación en mi cuerpo que no notaba antes de estar en esta conversación? ¿Cómo es?
  • Si pudiera congelar la conversación en el mismo momento en que siento incomodidad o extrañeza, ¿qué me gustaría hacer o decir?
  • Si la conversación me incomoda, ¿qué podría hacer yo para que fuera diferente?
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Cuando estamos en una sucesión de monólogos que se alternan, no estamos participando en una conversación y el resultado de esos monólogos suele ser siempre el mismo: la sensación de que no han sido escuchados, ni por nuestra parte ni por parte de la otra persona, con lo cual la incomunicación de partida se convierte en una especie de agujero cada vez mayor del que es cada vez más difícil salir. Lo que sucede, en realidad, es que, mientras una persona le habla a la otra, ésta no tiene su mente quieta, callada, desapegada de sí misma, y dedicada exclusivamente a estar atenta a lo que viene de la otra persona, plenamente presente para escuchar con toda su atención, con todo su ser. Y, a pesar de ello, aunque nos demos cuenta, aunque no nos sintamos bien, es muy fácil que no nos detengamos para hablar de lo que está pasando, de que no nos estamos escuchando, de que estamos monologando por turnos en lugar de compartir y escucharnos. Es como si cada persona creyera, aunque no sea consciente de creerlo, que lo que ella tiene que decir es más importante, o más urgente, o más necesario, o más claro, o lo que sea.

Y claro, en realidad, no es eso. Todo eso es lo que nos dice nuestro ego para distraernos de lo que de verdad nos pasa por dentro. No es que realmente creamos que lo nuestro es más importante y no quiere esperar, sino que nos sentimos muy solos, muy desconectados, y nos resulta dificilísimo decirnos precisamente eso, justamente eso, a nosotros mismos y a otras personas. Tenemos una necesidad de ser escuchados, de ser vistos, verdaderamente vistos, que parece no tener fin, porque no parece que encontremos la forma de satisfacerla. Lo que hay detrás, en el fondo, es el miedo a la soledad, que hace que no hablemos con nosotros mismos todo lo que necesitamos ni de la forma en que necesitamos hacerlo. Ahí empiezan la desconexión y la soledad, que luego, casi sin darnos cuenta, intentamos rellenar con tantísimas cosas de fuera, incluidas este tipo de conversaciones de las que estamos hablando aquí.

Tenemos miedo a la soledad. Y lo opuesto al miedo es el amor. Y desde el amor, podemos relacionarnos con nostros mismos primero, y con otras personas después, de otra manera. A esto dedicaré el tercer y último artículo de esta serie.


 

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