¿Estás enfermo?

¿Estás enfermo?

Te has hecho, alguna vez, preguntas como:

¿Qué me está queriendo decir mi enfermedad?
¿Para qué ha venido?
¿Qué quiere mostrarme?
¿Qué cosas me está haciendo hacer que antes no hacía?
¿Qué cosas me está haciendo no hacer que antes sí hacía?
¿Me obliga a cambiar de hábitos? ¿De alimentación? ¿A hacer más ejercicio? ¿A parar? ¿A moverme? ¿A no trabajar ¿A cambiar de trabajo? ¿A ocuparme de mí mismo? ¿A cuidarme y quererme como antes nunca hice? 


¿Me hace tomar consciencia de en qué personas puedo confiar y qué personas ya sobran en mi vida? ¿Me hace darme cuenta de que mi pareja no me quiere como yo pensaba que me quería? ¿Y yo? ¿Me quiero como pensaba que me quería? ¿De qué personas me ha alejado y a qué personas me ha acercado? ¿Me hace tomar consciencia de que mi trabajo, en realidad, no me gusta y lo quiero dejar? Y si dejo el trabajo ¿qué miedos emergen en mí?


¿Qué me está queriendo mostrar mi enfermedad?
¿En quién me está convirtiendo mi enfermedad? ¿Mis prioridades han cambiado? ¿Veo el mundo de diferente manera? ¿Qué sistemas de creencias se están derrumbando? ¿Qué cualidades están emergiendo en mi interior? ¿Qué cosas ya no me preocupan/enfurecen/sacan de mis casillas como antes? ¿Qué cualidades puedo apreciar en otras personas que antes no podía apreciar?

Estas son algunas de las infinitas preguntas que nos podemos hacer. Y las respuestas se encuentran dentro de nosotros. No las vamos a encontrar en un libro, ni en un diccionario de bio-neuroemoción. No nos las va a dar “el médico de cabecera”, ni “el psiquiatra”, ni “el maestro espiritual más evolucionado del planeta”. Ni nuestro “terapeuta”. Ni las pastillas que nos tomemos para no sentir el dolor.


Un terapeuta o un psicólogo nos puede acompañar a transitar este camino, pero no lo va a transitar por nosotros. Puede ayudarnos a plantearnos estas preguntas, pero no las va a responder por nosotros. Y si lo hace, mal vamos.

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Estamos tan acostumbrados a poner nuestro poder en manos de otras personas… A buscar respuestas fuera de nosotros… Incluso, a veces, ni a buscar respuestas, porque es que no nos hacemos ni preguntas. Nos fiamos de lo que nos dicen las “figuras de autoridad” (médicos, terapeutas, psicólogos…). Para qué nos vamos a engañar: eso resulta mucho más cómodo. Y si podemos recurrir a la “pastillita milagrosa” para no sentir el dolor, y continuar en la zona de confort, pues mejor que mejor. Porque no queremos ver. No queremos despertar. Tenemos pánico a abrir la caja de pandora, por si al ver lo que hay, no nos gusta lo que nos encontramos.

Otra cosa que todavía no hemos entendido aquí, en occidente, es la diferencia entre “curar” y “sanar”.

La curación es a nivel físico (solamente). La sanación es a nivel álmico.

En occidente, el sistema de salud sólo se centra en la curación (y a veces, ni eso) a nivel físico porque se tiene una concepción mecanicista del ser humano y del mundo en general.

En otras culturas, se tiene otra visión del mundo y del ser humano, y como consecuencia, de la salud-enfermedad. Se comprende que no somos simplemente un cuerpo físico con un cerebro más o menos desarrollado, sino que somos almas transitando en esta dimensión para evolucionar, para aprender, y también para sanar.

La sanación supone una transformación interior. Una alquimia interior. Uno no sana siendo la misma persona que ha enfermado.

Y otra cosa que todavía no hemos entendido, aquí en occidente: puede haber sanación sin curación. Pero no puede haber curación sin sanación.

Y pondré un ejemplo muy claro:

Un hombre, mayor ya, de 82 años, que se encuentra hospitalizado por un cáncer terminal.

Hace 8 años que no se habla con sus hijos.

A raíz de la enfermedad de su padre, los hijos, que se encuentran desperdigados por el mundo sin contacto entre ellos, deciden retomar el contacto, y después de varias conversaciones, deciden ir a ver a su padre al hospital.

El hombre, impactado por la visita inesperada, se pone a llorar como un niño. A partir de aquí, se comienzan a producir una serie de conversaciones y confesiones, entre los propios hermanos y con el propio padre. Se comienzan a resolver malentendidos. Comienza a crecer la compasión, el amor, el entendimiento, el perdón, la gratitud de poder vivir estos momentos juntos de nuevo, antes de ver a su padre partir.

Esta experiencia les ha transformado a todos.

Sus consciencias se han expandido.

El padre muere a los pocos días.

Aquí, en este ejemplo que comparto, hay sanación pero no curación: la enfermedad sigue su curso en el cuerpo físico del enfermo porque está ya demasiado avanzada. Sin embargo, el alma ha sanado. Las almas de todos han sanado. Y han aprendido.

Toda enfermedad, nos plantea un crecimiento para nuestra alma.

En occidente, veríamos esto como “un fracaso médico”: no lo han podido salvar (al cuerpo, claro).

En otras culturas, seguramente no. Pues se sabe que somos almas en evolución viviendo una experiencia humana.

Pregúntate sino, ¿qué sentido tiene tu vida? ¿para qué estás aquí?

Hay gente que muere sin habérselo preguntado nunca.


 

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